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Muerte a las recetas

CEO Founder LEXIA Insights & Solutions

“Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”

Mario Benedetti

Vivimos en un mundo convulso donde los jinetes del apocalipsis (la muerte, el hambre, la guerra y la peste) galopan por todos los rincones del planeta.

La maldición china que consiste en desear tiempos interesantes se cumple con creces. Interesantísimos son los tiempos que vivimos.

Las viejas recetas para la estabilidad y la sana convivencia siempre fueron más un espejismo que una garantía del paraíso en la tierra.

El fin de la historia alucinado por Fukuyama en 1991 tras la caída del Muro de Berlín con el supuesto triunfo definitivo del orden liberal, basado en los principios del capitalismo, Estado de derecho y democracia, ha estallado en añicos.

Grave error pensar que el colapso de la Unión Soviética significaba más cosas que lo que realmente implicó. Se derrumbó un edificio autoritario, centralizador, ineficiente, demagógico, pero muchos pensaron que si tu rival pierde tan ruidosamente eso quiere decir que tu edificio está bien construido y puede erigirse para la eternidad. Mal de muchos (comunistas) consuelo de tontos (neoliberales).

Antes que decretar su fin aprendamos de la historia reciente. Es hacia el final de los años setenta —aquellos años donde el presidente López Portillo nos prometía que debíamos acostumbrarnos a administrar la abundancia de la riqueza petrolera— cuando se dan tres cambios históricos que dinamizaron tendencias que han influenciado los giros y rebotes que nos colocan en la situación actual del mundo.

Es en 1979 cuando el líder chino Deng Xiao Ping rompe el libro de recetas fallidas de Mao que solo generaron hambre, caos y destrucción para poner al gran gigante asiático en la ruta de un capitalismo intenso y agresivo comandado desde el Estado. Ese año la economía china era un poco más grande que la de México, hoy en tan solo cuatro décadas es 15 veces más grande y muchos analistas pronostican que será la economía más grande del mundo al inicio de la década de 2030.

Es en 1979 cuando triunfa la revolución islámica de Irán cambiando por completo el mapa y los equilibrios del medio oriente, tanto en la economía global petrolera como en la batalla de las civilizaciones y choque de cosmovisiones de un islam muy conservador, con lo que fracasa el esfuerzo de incorporar a la región a la orquesta occidental.

Es en 1979 que Margaret Thatcher, la bien llamada Dama de Hierro, es electa primer ministro en Inglaterra y al año llegaría su compa y mancuerna Ronald Reagan a la presidencia de los Estados Unidos. Juntos sentarán las bases para el despegue del neoliberalismo y una acelerada dinámica de transformación que finiquitó, en tan solo una década, a su principal rival geopolítico del momento.

Los éxitos iniciales de las recetas neoliberales de los años noventa y primera década del siglo XXI trajeron avances económicos e importantes beneficios, pero su aplicación tecnocrática e insensible fue generando el gran caldo de cultivo de insatisfacción global hoy presente en todas las geografías.

La respuesta de los gobiernos para salir de la crisis financiera del 2008 solo confirmó las sospechas de que el neoliberalismo era tanto una máquina de generación de riqueza como de concentración a favor del no tan injustamente satanizado “uno por ciento”.

Experimentar la concentración del ingreso en la cúpula y el acceso casi total a la población mundial a las nuevas fuentes de información filtradas por algoritmos que alimentan nuestras más bajas pasiones y sentimientos destructivos es como querer pasar una noche tranquila cenando, enfrijoladas con chorizo y un chocolatito caliente.

Las recetas del neoliberalismo —entendido como la versión de un capitalismo rentista, especulador, antiestatal y desregulado— son derrotados globalmente en la escena política de manera contundente por la nueva receta dominante, el sabor de la década: los populismos nacionalistas.

Receta que rápidamente ha demostrado sus malos ingredientes, su insano disfrute y su garantizada indigestión. Soló útil para los cocineros que acumulan poder político, pero destruyen poder social, económico, cultural, medioambiental, de paz y justicia.

Todas las personas, estemos donde estemos, seamos quienes seamos, tenemos que entender que no hay recetas finales ni infalibles. Estamos condenados a abandonar el dogmatismo —sea del signo que sea— para ponernos a trabajar, a pensar, a organizar, a ejecutar ideas y propuestas nuevas que no sean una salida falsa.

Ni el fascismo europeo, ni el comunismo soviético, ni la más que fallida revolución cubana o sandinista, ni el neoliberalismo metálico de Thatcher o Reagan, ni el chavismo, ni los machos tipo Putin, Bolsonaro o Duterte, ni los extremismos religiosos islámicos o hinduistas, ni el criptofuturismo de Bukele, ni el supremacismo blanco de Trump o la anacrónica nostalgia imperial de Johnson. Ni ningún dogma, ni ninguna receta.

El mundo necesita menos recetas tan simples como equivocadas, lo que necesitamos es una incansable participación ciudadana, respeto por la pluralidad, capacidad de organización, empatía con los demás y dejar de seguir sin pensar libros de recetas que ya demostraron sus tremendas limitaciones.

Las soluciones no están en las recetas del pasado sino en la fundamentación, la imaginación, la creatividad y el sazón del futuro.

Publicado originalmente en Muerte a las recetas

Aaron Whitson

Aaron tiene más de 6 años de experiencia en la industria de las noticias en línea. Empezó como redactora de contenidos para varias organizaciones de noticias de todo el mundo, hasta que consiguió el puesto de editora en Investor Opinion. Lisa es licenciada en Ciencias Políticas.

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