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¿Por qué algunas personas desarrollan trastornos psiquiátricos y otras no?

Imaginemos los planos de una casa. Sobre el papel, unos trazos definidos prospectan lo que será cada comisura, cada recodo y cada canto del lugar. Viéndolo, podemos tener una idea de lo que podremos habitar. Un segundo papel, complementario al anterior, muestra más líneas, muchas de las cuales se entrecruzan y decantan, llenando todo el espacio. Estamos en presencia de los planos del cableado eléctrico, aquel que sustentará la iluminación del hogar. Con algunos planos más y la venia de los ingenieros, arquitectos y diseñadores de interiores, se da inicio a la empresa de construcción, que tiene pensado acabar en un año. Constructores entran y salen con materiales pesados, ingenieros de obra supervisan diariamente la ejecución y, mientras más se acerca el día de entrega, más forma parece ir tomando la casa.

Sin embargo, una vez que se ha construido por completo la vivienda, los supervisores notan que algo anda mal: las habitaciones se iluminan de forma desigual. Prueban con diferentes bombillas, pero el desenlace es el mismo. Revisan el cableado eléctrico y encuentran la falla: los cables utilizados para los diferentes sectores de la casa son desemejantes, unos de mejor calidad que otros, y algunos, incluso, no llegan a tener la extensión necesaria como para ensamblarse adecuadamente con los focos. Aunque realizan todas las reparaciones para que la situación se revierta, solo logran emparchar alambre tras alambre.

La casa es entregada a los dueños con una advertencia: deben cuidar de no sobrecargar las instalaciones eléctricas. Los primeros días transcurren según lo planeado. Se prende una habitación por vez y se procura no saturar el sistema. Claro que esta práctica no se logra sostener en el tiempo y los dueños terminan por encender todas las bombillas de la casa simultáneamente, mientras utilizan los televisores, cargan los celulares, realizan videollamadas por computadora y oyen música de un parlante ubicado céntricamente en la sala. Los días pasan. Todo sigue funcionando igual, hasta que deja de hacerlo: la iluminación de cada habitación empieza a colapsar hasta que toda la casa se queda a oscuras.

A grandes rasgos, esto es lo que sucede con la formación de nuestro cerebro, nuestra mente y nuestro bienestar desde que se empiezan a desarrollar en el útero. Los padres tienen una idea en plano de cómo seremos, de cómo quisieran que seamos. Pero, entre la expectativa y la realidad, se abre una extensión de posibilidades. El ambiente en el que se desenvuelve la madre gestante incide en la estructuración de ese nuevo cerebro, esto es, en la configuración del cableado neuronal que va a permitir o no determinadas capacidades. Desde ese instante, los obreros biológicos, en este caso, los genes, ahorman los rasgos y características que nos definirán: no solo el color de los ojos, sino, también, la estructura del cerebro. Si son de «mala calidad» y el ambiente presenta un nivel alto y una frecuencia constante de estrés, es probable que esos obreros construyan deficientemente aquellas áreas cerebrales que posibilitan regular las emociones, disminuir su intensidad y refrenar comportamientos inadecuados, tal como se fabricaron las instalaciones de electricidad.

Luego del nacimiento, continúa la historia: los modismos del entorno siguen moldeando la hechura de ese cerebro, sobre todo, pero no exclusivamente, durante los primeros años. Esos obreros biológicos siguen trabajando para empeorar o mejorar las conexiones cerebrales. Si las condiciones el entorno se mantienen así de nocivas, los genes no tendrán de otra que seguir afectando esos cables, de la misma forma que hicieron los constructores con el montaje eléctrico. ¿Sucederá lo mismo que con la casa? ¿Algunas habitaciones prenderán con menor intensidad y, en algún punto, dejarán de iluminarse? Es muy probable. Algunas capacidades, como la resiliencia o la regulación de los impulsos, no encenderán con tanta potencia y, de saturar esas conexiones neuronales con grandes dosis de presión, ansiedad, angustia y estrés, se mostrarán inexistentes, como si no fuesen parte de ese cerebro. Dicho de otro modo, se desarrollará un trastorno psiquiátrico, como el trastorno de depresión mayor o el trastorno de ansiedad generalizada.

Esta metáfora explica de forma sencilla por qué algunas personas experimentan con mayor intensidad ciertas emociones displacenteras, como la tristeza, el miedo o la ira, sin ser capaces, en el presente, de regularlas y volver a un estado de tranquilidad emocional. Su cerebro, que ha ido construyéndose desde la etapa fetal, no cuenta con el mismo cableado neuronal que una persona que es resiliente, que puede afrontar muchas demandas del entorno y, aun así, sentir bienestar. ¿Se puede hacer algo al respecto? Por supuesto. La psicoterapia, con apoyo de un mejor entorno y, quizás, de un tratamiento farmacológico, puede ir reparando aquella instalación eléctrica para que la casa se ilumine más simétricamente, es decir, para que las conexiones cerebrales se vayan fortaleciendo y las personas puedan mostrarse más resilientes y con más bienestar. Mientras más temprana suceda esta intervención, todavía mejor.

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Publicado originalmente en ¿Por qué algunas personas desarrollan trastornos psiquiátricos y otras no?

Brett Adam

Brett ha sido periodista de noticias tecnológicas durante 10 años y ha cubierto ampliamente las nuevas innovaciones y la tecnología desde el punto de vista de la investigación.

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