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Vértigo continuo

Cae y se levanta el telón anual a la velocidad de un parpadeo, dando muy breve reposo a los actores, exigiéndoles mucho más inteligencia y arrojo en su actuación e incorporando agotamiento y mareo como ingredientes a considerar en lo que viene.

Si hoy el año concluye con gran intensidad política, el de mañana será igual o más trepidante. El vértigo, entendido como apresuramiento desbocado y trastorno del equilibrio, quizá resulte sello de ambos. Y, en ese trajinar, la toma de decisiones oportunas y atinadas será determinante tanto de su propio porvenir inmediato como del país.

El desafío presidencial es mayúsculo. Requiere asegurar los pilares de la pretendida transformación sin ignorar el entorno económico; prestar mucha más atención a la salud y la seguridad; entregar resultados; controlar a los colaboradores y resolver la sucesión sin provocar fisuras; cohabitar con quien resulte ser la corcholata favorita y cobrar conciencia de la cuenta regresiva en el ejercicio del poder.

El reto de la oposición –excepto Movimiento Ciudadano, que anticipó su postura– no es menor. Le urge superar la división interna y fortalecer su respectiva estructura partidista; definir si va a concursar o no en alianza; plantarse como opción si, en verdad, aspira al poder; así como construir una candidatura y calibrar su posibilidad electoral.

Si este año fue complejo, el siguiente será definitorio.

Aun cuando el presidente López Obrador no suele reconocer errores ni reveses, pero sí sabe poner cara buena, dura o desafiante a la adversidad, este año le deja un saldo complicado.

Las elecciones de junio arrojaron un resultado contrastado al movimiento que lidera el mandatario. Se llevó once de las quince gubernaturas en juego, expandiendo su presencia territorial. Pero, distritalmente perdió posiciones y, con ello, la mayoría calificada en la Cámara de Diputados que le imposibilita concluir el marco jurídico requerido supuestamente por la pretendida transformación nacional. La reforma del sector eléctrico está atorada y, a saber, si en borrador la del régimen electoral y la que busca adscribir la Guardia Nacional al Ejército.

A ese cuadro se suma el revés sufrido por Morena en la capital de la República, importante enclave electoral y, en el caso particular, pilar del lopezobradorismo. El descuido y el exceso de confianza del gobierno local en combinación con las disputas internas en el movimiento le dieron ventajas a la oposición y ésta las aprovechó: se alzó con la mitad de las alcaldías. Golpe, por lo demás, también recibido en otras zonas urbanas del país que enervó al Ejecutivo al grado de confrontarse absurda y torpemente con distintos sectores de la clase media, restando en vez de sumar apoyos y próximos votos.

Asimismo, el rumor sobre la tentación presidencial reeleccionista –maliciosamente prohijado–, así como la tragedia ocurrida en la Línea 12 del Metro que golpeaba a los dos principales suspirantes a sucederlo, Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard, orillaron al mandatario a precipitar el concurso por la candidatura de Morena. El banderazo de salida a esa carrera le permitió, sí, desvanecer el rumor y –la ampliación aun artificial de los posibles precandidatos– bajar la presión sobre aquellos dos. Salió del apuro, metiéndose en otro. La sorda competencia por la candidatura distrae la acción de gobierno, reduce el margen de maniobra del mandatario y, por si algo faltara, despertó la legítima ansia del jefe de los senadores de Morena, Ricardo Monreal, por no ser ignorado como aspirante a la candidatura.

Esa situación no podrá prolongarse mucho. Quizá, ahí se explica el interés presidencial por la consulta sobre la revocación del mandato. El Ejecutivo quiere sentar un precedente histórico, sí, pero también –al trastocar la revocación en la ratificación del mandato– tomar un segundo aire y, fortalecido y relegitimado, predestapar a la corcholata favorita asignándole tareas que le permitan una mayor exposición y movilidad. Quizá, la dirección del movimiento. Quien porte la bandera podría, desde esa posición, diseñar la estrategia electoral a seguir en los estados, ajustar al partido a su medida e iniciar su propia precampaña, quitándole presión al gobierno a causa del juego sucesorio. El punto es si el presidente López Obrador sabrá y podrá convivir con quien eventualmente lo suceda.

En todo caso, la precipitación del juego sucesorio exige un desenlace. Prolongar dentro del gobierno ese concurso, le restará impulso al mandatario y su proyecto, complicará la relación con los colaboradores y entorpecerá el cierre del sexenio.

Por cuanto a la oposición toca, el año entrante lo obligará a dejar de jugar al solidario grupo de náufragos dispuesto a construir una balsa donde quepan todos ellos.

Antes de pensar en la alianza, la militancia y los cuadros de los partidos opositores deben remover o consolidar a sus respectivas direcciones. Luego, determinar si el corrimiento de Acción Nacional más a la derecha y de los partidos Revolucionario Institucional y de la Revolución Democrática al centro izquierda resiste o no la integración de un frente y, si lo consideran posible, elaborar una plataforma. Oponerse sin proponer no constituye una opción. Y, menudo lío, requiere perfilar ya y en serio a posibles precandidatos para ofrecer competencia y no sólo resistencia. Construir una candidatura toma tiempo.

De seguir como va el bloque opositor sin hacer de la anterior alianza electoral una alianza política los llevará a una lucha sorda para evitar qué fuerza traiciona a la otra, y eso no es una competencia, sino una incompetencia.

Publicado originalmente en Vértigo continuo

Aaron Whitson

Aaron tiene más de 6 años de experiencia en la industria de las noticias en línea. Empezó como redactora de contenidos para varias organizaciones de noticias de todo el mundo, hasta que consiguió el puesto de editora en Investor Opinion. Lisa es licenciada en Ciencias Políticas.

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